Cuando lanzamos la primer cocina fantasma, teníamos claro que no podíamos crecer a golpe talonario.
Quiero decir, estábamos cocinando en casa de la abuela de una de las integrantes del proyecto... Íbamos más pelados que un gato egipcio.
Así que nos tocó ser creativos. Cuando no hay pasta, la creatividad juega un papel fundamental. Jugar con pocos recursos te hace más pillo.
Siguiendo la lógica de documentar el proceso, decidimos jugar la carta de la abuela a nuestro favor. Cogimos algo que, a priori, es negativo (nadie quiere que le preparen su comida en una casa sin permisos) y le dimos una vuelta.
Simulamos que "la abuela" era la que llevaba las redes sociales del proyecto y que la liaba parda por Instagram.
No ocultábamos que estábamos cocinando "bajo manga", pero lo hacíamos de tal forma que parecía que era la abuela la que cocinaba.
Lo llevamos hasta tal punto que la pregunta que más nos hacían era:
Ese es el poder de documentar el proceso. Vendíamos pechugas, pero la gente compraba la historia.
Al principio, sacábamos el dinero suficiente para sobrevivir otra semana y comprar los ingredientes. Acabamos ganando unos 400€ el primer mes, gracias a que la mayoría de la gente repetía cada semana.
Ojo, lo hacían porque el producto era bueno. Pero la historia que lo acompañaba, también. Lo segundo, vendía; lo primero, enganchaba.
Luego tuvimos que aparcar a la abuela, porque el proyecto exigía más y nosotros no teníamos el dinero para escalarlo.
Lo bueno es que ocurrió algo que nos permitió seguir cocinando, esta vez en una cocina de verdad. Que si te interesa la historia, pues te lo cuento mañana.